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El silencioso inicio de la saga de los Hércules en la Guerra de Malvinas

* Alejandro Betts

Domingo 7 de marzo 1982. Día típico de otoño adelantado en la capital de Malvinas. cielo totalmente cubierto, fresco y con viento leve del sudoeste. Los parroquianos cumplían sus actividades con absoluta normalidad: misa matutina primero, taberna entre las doce del mediodía y la una de la tarde -único horario abierto por ser domingo- y a las tres de la tarde, a la cancha de fútbol para presenciar uno de los últimos partidos del Campeonato Cuadrangular 81/82, en que los Mustangs (camiseta amarilla) y Rangers (indumentaria color rojo) se enfrentaban en un partido semifinal.

Ambos equipos contaban con varios infantes de marina de la guarnición militar británica y dos de los cuatro miembros de la fuerza policial local en sus formaciones. La combinación de condiciones climáticas aceptables para estar dos horas a la intemperie, acompañar al evento y a las formaciones de los equipos en pugna, eran suficiente para congregar una buena concurrencia de público. Absolutamente nada daba por sospechar que el partido finalizaría en una manera menos pensada y la concurrencia dispersada a los cuatros puntos cardinales.

Sucedió que unos quince minutos antes del final del partido. El Land Rover de la Policía que aparece, frenando dramáticamente en el portón de entrada al campo de juego. El agente de turno bajó del vehículo dirigiéndose presuroso al arco del equipo de Mustangs, donde el jefe de la Policía, Terence Peck, jugaba de guardavalla. Evidentemente alterado, el agente Morrison, gesticulaba con nerviosismo el brazo derecho apuntando en la dirección del aeropuerto de la península San Felipe, haciendo señas de que una aeronave había aterrizado allí. Obviamente, los gritos y gestos de Morrison habían detenido el juego y los infantes de marina y el sargento de la policía, se agolpearon alrededor de Peck y Morrison.

Por los aterrizajes realizados por un avión de igual porte y características durante el mes de septiembre de 1981, Morrison supo que la nave en el aeropuerto se trataba de un Hércules C-130[H] de la Fuerza Aérea Argentina.

Hubo una reunión espontánea en medio del campo de juego para determinar qué se iba hacer ante tamaño acontecimiento. Varias voces me preguntaban sí LADE tenía conocimiento de alguno vuelo no programado. Por supuesto contesté que no, además el personal de LADE no hacían guardia pasiva los días domingo, ni en la Oficina de la sucursal, ni en sus domicilios particulares. Yo que estaba de asistente de línea para el partido, tuve la sensación de que nadie mi creía, pero en esos momentos había contestado con la verdad.

Simultáneamente, la opinión general había girado en proponer agruparse de inmediato, en la sede de la milicia local para la entrega de armas y municiones y desde ahí, salir para el aeropuerto a seis kilómetros de distancia.

Los infantes habían alertado a su oficial comandante y partían para el cuartel en el extremo opuesto de la bahía interna de Puerto Stanley, alejado tres kilómetros más del terminal aéreo instalado en San Felipe.

A esta altura de los acontecimientos, el agente de policía se había repuesto del susto inicial y amplió sus dichos explicando que la nave había aterrizado hacía ya casi una hora y se había animado a acercarse hacia ella para cerciorarse de la situación. Así los ánimos calmaron bastante.

El Hércules, matrícula TC-69, a cargo del Comodoro Carlos Beltramone, había aterrizado en emergencia en la única pista en Malvinas. No había tripulante a bordo que hablará el inglés fluidamente. Pero el comandante, con una mezcla del spanglish y señales con las manos, le había asegurado que venían en vuelo de regreso desde las bases argentinas en la Antártida, donde según el plan de vuelo de la nave, se habían arrojado bolsas de correspondencia para el personal de dichas bases. Lo que se pudo entender es que, en el curso de esas operaciones rutinarias, se produjo una fuga de combustible por una fisura en un tanque suplementario. La que, de no subsanar, el avión quedaría sin carburante con las consecuencias lógicas que ocasionaría para el aparato y sus tripulantes. Ergo, la decisión de efectuar un aterrizaje en Malvinas fue la de reparar el inconveniente en el tanque, reponer la carga de combustible perdido -el camión cisterna de YPF que ya estaba en la plataforma – y continuar con el regreso a la IX Brigada Aérea en Comodoro Rivadavia. Todos miraban a sus relojes que marcaban media hora pasada a las cinco de la tarde.

Por el tiempo transcurrido entre el aterrizaje y la hora actual optaron por enviar dos Land Rovers con una comitiva de ocho ocupantes cada uno al aeropuerto para evaluar la situación y montar una guardia discreta, hasta que la nave se retirara. En realidad, esa guardia militar custodió las instalaciones del aeropuerto toda la noche. El TC-69 despegó nuevamente con las últimas luces diurnas, rumbo al continente, dejando flotando en su estela de turbulencia, más de una pregunta con respecto a la autenticidad de la avería acusada por la tripulación de la nave.

Curiosamente, en la misa vespertina de la Iglesia Católica Stella Maris a las 7 de la tarde, Monseñor Spraggon, recién retornado de recibir atención médica en el Hospital Británico de Buenos Aires, hizo el sorprendente anuncio al decir a la feligresía que la Marina Argentina está muy avanzada en un proyecto para invadir Malvinas”. ¿Casualidad o causalidad?

Ni el operador del faro a dos mil metros de la cabecera 08 de la pista, había escuchado o se había percatado del TC-69 en su maniobra de aproximación final a la pista. Esto hacía suponer que venía a muy baja altura desde el sur y con potencia mínima para mantener la sustentación, con el propósito de efectuar un viraje suave por la izquierda y así alinearse con el eje de pista. Seguramente, apenas superó el umbral de la cabecera de pista, efectuó el toque con el pavimento, deteniendo su trayectoria solamente con los frenos, sin realizar el clásico empuje en reverso de las hélices y así evitar un ruido excesivo de los motores; para finalizar la maniobra con el rodaje a la plataforma de estacionamiento a baja velocidad.

Y aquí cabía las preguntas; ¿Por qué tanta precaución sí la nave estaba en emergencia? Otra, ¿tenía comunicación radioeléctrica con algún contacto en tierra? Y la frutilla del postre; ¿Cómo era posible que el camión cisterna estaba en el aeropuerto sí su lugar de guarda era la Planta Antares de YPF, a cinco kilómetros de distancia? Lógicamente, nadie pudo responder a estas interrogantes con certeza. Las respuestas cabales volaron de vuelta al continente con el TC-69 y sus tripulantes.

La única certeza que quedó en Malvinas, fue que algo olía mal en el asunto.

En lo personal, estoy convencido de que ese aterrizaje fue el comienzo de la tarea titánica que desempeño el escuadrón transportista Hércules C-130H a lo largo del conflicto bélico con los británicos en ocupación en Malvinas, desde abril hasta mediados de junio de 1982.

NOTA: después de 40 años de operaciones, en 2016 el Hércules C-130, matículaTC-69, bautizado «Puerto Argentino», fue la primera aeronave en cumplir con el programa de Modernización, Estandarización y Renovación de la flota, mediante la incorporación de equipos de comunicación satelital, radar de última generación, instalación de visión electro óptica e infrarroja, panel de instrumentos con seis pantallas multifunción, sistema digital para el indicador de combustible y electrónico para el control de hélices, como así también, la modificación de luminarias de cabina, compartimiento de carga y exterior de las aeronaves para hacerlas compatibles con los requerimientos de visión nocturna.

*Alejandro Betts Es cuarta generación de isleños nacidos en las Islas Malvinas, es fueguino y tiene documento argentino. Es veterano de la guerra de 1982 y peticionante ante el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas en defensa de los derechos soberanos de la Argentina sobre las Islas Malvinas. Es miembro de la Fundación Malvinas y asesor técnico del Observatorio Malvinas de Tierra del Fuego. Nació en Malvinas el 28 de octubre de 1947 y vive en Agua de Oro, Provincia de Córdoba. Entre 1979 y 1982 trabajó para la Líneas Aéreas del Estado (LADE) en Puerto Argentino, período en que las aeronaves de la empresa estatal volaban semanalmente desde Comodoro Rivadavia.