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“Cuando hablemos de Malvinas, nunca debemos referirnos a una derrota, es un calificativo inapropiado que mantiene latente un injustificado sentimiento de vergüenza colectiva”

CARTA A LOS VETERANOS DE GUERRA DE MALVINAS

Muy estimados compañeros y camaradas;

Quien les escribe, Alejandro Betts,  veterano de guerra de las Malvinas, personal civil de la Fuera Aérea Argentina; lo hace en homenaje al 37° aniversario de la Gesta de Malvinas.

El simple hecho de retrotraerme en el tiempo al 2 de abril de 1982, provoca una profunda emoción en mi pecho. Una emoción que tiene múltiples disparadores y que sería muy monótono para el lector tratarlos uno por uno. Como ejemplo, recuerdo vívidamente la euforia de la mayoría del pueblo argentino al tomar conocimiento de la recuperación de Malvinas por parte de las fuerzas armadas bajo juramento de bandera de defender a la Patria con honor, gloria y justicia.

La justicia de esa recuperación jamás puede ser cuestionada bajo ningún concepto. Sin embargo, es esto –justamente- lo que ha sucedido después del regreso de nuestros combatientes al territorio continental. Los medios de comunicación, la indiferencia de sucesivos gobiernos nacionales para con la Gesta y las Fuerzas Armadas y el síndrome de la desinformación malintencionada, todos han contribuido en la desmalvinización posterior al 14 de junio de 1982, y que persiste todavía en grandes segmentos de la ciudadanía.

Esto es posible, dado que el pueblo nunca estuvo bien informado sobre lo que verdaderamente pasaba en Malvinas durante esos 74 días de la recuperación transitoria del archipiélago. Las notas redactadas en Puerto Argentino por los periodistas argentinos acreditados de medios televisivos y otros tanto de diarios y revistas fueron luego censuradas en el Continente, tergiversando la realidad de los acontecimientos en tiempo real. Casi sin excepción, esos medios en el continente informaban diariamente que se hundían barcos y se bajaba aviones enemigos. Por ello, el anuncio del cese de fuego el día 14 de junio golpeó en forma despiadada a la ciudadanía común. Se venía creando una condición psicológica para salir pronto a festejar un éxito rotundo, cuando, de repente y sin anestesia, se cambió de fraseología del triunfo para adoptar a la que usó los medios de comunicación masivo filo británico y europeo, informando de una derrota humillante de la tropa argentina en Malvinas.

Presencié todo el desarrollo del conflicto desde el mismo 2 de abril hasta el final el día 14 de junio y todavía me estoy preguntando en qué momento de esos 74 días me distraje y sucedió tal derrota humillante.

La fuerza de tareas conjunta inglesa-norteamericana-OTAN, Fuerza de Tareas 317, estaba compuesta por una treintena de unidades navales, incluyendo las de última generación que integraban la flota de la OTAN. Contaban con sistemas de armas muy sofisticados y de defensa de alta tecnología, que, según sus expertos militares, eran impenetrables en una guerra aéreo-naval. Ya habían transcurridos 40 años desde la última pérdida de una unidad naval británica en acciones bélicas. Sin embargo, por las bajas ocasionados por los pilotos de la Fuerza Aérea y la Armada, en las últimas semanas del conflicto llegaron desde el norte otras unidades navales para remplazar aquellas hundidas o puestas fuera de combate del maltrecho Fuerza de Tareas 317 en el Sur.

Al respecto, el 13 de junio de 1982, el almirante inglés Woodward tenía disponible sólo tres unidades de la “impenetrable” fuerza naval en un cien por ciento de su capacidad bélica. En solamente seis semanas de combate (1° de mayo al 14 de junio) la poderosa flota inglesa sufrió la pérdida de siete buques por hundimiento, cinco que estaban totalmente fuera de combate y doce más que tenían averías de consideración que limitaban su capacidad bélica.

¿Cuál fue la superpotencia con sus arsenales bélicos que hizo semejante estrago en una fuerza naval de esa magnitud? Ninguna, sino un país evaluado por ellos como “tercermundista” de la región Sudamericana: la Argentina. Fueron los aviones con pilotos argentinos, hijos argentinos, padres argentinos, esposos argentinos y hermanos argentinos de nuestra Nación-Patria que provocaban a diario la zozobra de los tripulantes de los destructores, fragatas o corbetas del primer mundo. Carecían de experiencia en acciones bélicas. Volaban aparatos considerados obsoletos por la OTAN y las superpotencias. Volaban en el límite extremo de su alcance operativo. Sus municiones y sistemas de armamento no eran siempre del todo confiables. Las naves del grupo aéreo logístico que los reabastecían en vuelo no tenían sistemas de armas para su autodefensa, eran las “chanchas”, los C-130KC, que transportaban en su cabina/bodega las cisternas con el vital carburante que permitía que los cazabombarderos llegasen de regreso a sus bases en el continente, o a Río Grande de la Tierra del Fuego.

En tierra firme malvinera las fuerzas terrestres profesionales de los distintos Regimientos británicos, las cosas no eran muy distintas a la que padecían sus pares navales: los combatientes estaban casi sin municiones y para seguir con el avance nocturno recogieron las municiones encontradas en las posiciones de defensa de nuestros combatientes abatidos; estaban sin combustibles para sus helicópteros que realizaban la tarea de refuerzo o despliegue de sus tropas desde los campos de batalla; su artillería emplazada en Monte Kent que trabó en duelo de 48 horas con nuestra artillería emplazada en el terreno turboso tras el pueblo, quedó con solamente 25 proyectiles. Sus tropas estaban casi sin racionamientos y sus uniformes – especialmente sus borceguíes – eran inadecuados para las condiciones en el terreno y, tanto las botas como las camperas y otras prendas del uniforme militar argentino eran muy codiciados por los reconquistadores a la hora de tomar prisioneros y/o avanzar sobre terreno reconquistado. Las verdaderas bajas y heridas fuera de combate ingleses en los campos de batalla, fueron muy superiores a las cifras oficiales británicas sobre el conflicto.

Así y todo, la fortaleza espiritual, la convicción de su entrega, la firmeza en la ofrenda máxima, la entereza en el combate franco y limpio puso de rodillas al gigante multinacional Goliat. No lo doblegó, pero lo tuvo a solo horas de obligar su repliegue al hemisferio norte. Pero ello, es sumamente obvio que lo tuvo a muy mal traer. Por otra parte, no hubo ninguna denuncia por parte de los habitantes “invadidos” de las islas por maltrato físico, persecución ideológica, acoso verbal o sexual o cualquier otro delito que contraviene los derechos humanos en contra de nuestro personal militar de la Guarnición dentro del Teatro de Operaciones Malvinas.

Por ello, y lo digo con todo respeto por la opinión de aquellos que no comulgan con la mía, cuando hablemos del conflicto de Malvinas, nunca debemos referirnos a él como una derrota. Es un calificativo inapropiado que mantiene latente un injustificado sentimiento de vergüenza colectiva. Nuestros combatientes recibieron la orden de sus superiores de bajar sus armamentos a los efectos de permitir que el Gobernador militar Mario Benjamín Menéndez y el general inglés, Jeremy Moore, consensuará un documento de cese al fuego, solicitado por los mismos británicos durante las 36 horas previas a lograr convencer a Menéndez que firmará dicho documento.

Días después vino lo peor. Los veteranos del conflicto fueron devueltos al continente bajo un manto de silencio a enfrentarse con un clima hostil, impregnado de humillación y despojados de toda forma de autoestima. ¡Qué ofensa! ¡Qué ridículo! Regresaban de un conflicto armado contra la tercera potencia militar, económico y político del orden mundial: el Reino Unido y sus aliados en la guerra no declarada de Malvinas. Una guerra que fue encarnizada e intensa para quienes se enfrentaron en aire, mar y tierra.

En la relación tiempo/daños, las pérdidas humanas y materiales sufridas por los componentes de la Fuerza de Tareas británica en el Atlántico Sur, fueran diez veces superiores a las producidas en cualquier otro conflicto bélico en que haya intervenido Gran Bretaña desde la Segunda Guerra Mundial.

Por ello insisto, los veteranos que combatieron en el Teatro de Operaciones de Malvinas y el Teatro de Operaciones del Atlántico Sur no sintieron ni humillación ni vergüenza, sino el fervor de estar al servicio de la Patria en defensa del territorio nacional. Los 649 que miran a este acto con amor desde el más allá también dicen que no puede haber siquiera un vestigio de vergüenza en dar la vida por la Patria en una causa absolutamente justa. Así proclama el Capitán Pedro Giachino quien fue el primero de caer abatido el 2 de abril en Puerto Argentino. Tampoco los Conscriptos Mario Almonacid y Jorge Ávila quienes, junto con el Cabo 1° de la Armada, Patricio Guanca, fueron las bajas mortales del desembarco en las Georgias del Sur el día 3 de abril, transportados a tierra desde el Bahía Paraíso en un helicóptero Puma del Ejército Argentino que recibió de lleno el impacto de un misil disparado por un lanzacohetes inglés.

Sangre joven de héroes argentinos regó tierra argentina en Puerto Argentino y Georgias del Sur en el inicio de las operaciones militares de una campaña que duraría 74 días. Honremos el supremo sacrificio de los cuatro nombrados, más las restantes 645 bajas de esos dos meses catorce días de cruenta lucha.

Respetemos a los veteranos heridos y lesionados física o psicológicamente y a los que aún sufren el trauma del estrés postraumática por esa experiencia de la guerra sin cuartel, en que los reconquistadores británicos utilizaron cualquier medio convencional o no convencional para imponer nuevamente su dominio ilegítimo en territorio legítimamente argentino-sudamericano de nuestras Islas Malvinas.

En nombre mío propio y de los compañeros Veteranos del país entero, muchas gracias por acompañarnos en los actos conmemorativos de hoy, en merecido homenaje a otro acto histórico de nuestro Nación, acontecido aquella 2 de abril de 1982.

Alejandro Betts Es cuarta generación de isleños nacidos en las Islas Malvinas, es fueguino y tiene documento argentino. Es veterano de la guerra de 1982 y peticionante ante el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas en defensa de los derechos soberanos de la Argentina sobre las Islas Malvinas. Es miembro de la Fundación Malvinas y asesor técnico del Observatorio Malvinas de Tierra del Fuego. Nació en Malvinas el 28 de octubre de 1947 y vive en Agua de Oro, Provincia de Córdoba.