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53 años del Operativo Cóndor: Rumbo UNO-CERO-CINCO; “NOS VAMOS A MALVINAS”

Hace 53 años, el miércoles 28 de septiembre de 1966 para ser preciso, un grupo de 18 jóvenes militantes de la extrema derecha peronista tomaron control, en pleno vuelo; del avión DC-4 de Aerolíneas Argentinas – matrícula LV-AGG-, que estaba realizado el vuelo comercial 648 desde Aeroparque Jorge Newberry a Ushuaia con escala intermedia en Río Gallegos. Esa mañana primaveral, el General Juan Carlos Onganía, presidente de facto; despertó con una sola preocupación en su mente: la preparación del partido de polo que jugaría ese día con el cónyuge de la Reina Isabel II de Inglaterra, Felipe de Edimburgo, quien se hallaba de visita de cortesía en Buenos Aires.

* Alejandro Betts

Cubriendo la ruta del sur: Buenos Aires-Río Gallegos-Ushuaia, y a la altura de Bahía San Julián (Santa Cruz), dos pasajeros –Dardo Cabo y Alejandro Giovenco – interrumpieron en la cabina de mando y le ordenaron el comandante de la nave, Ernesto Fernández García, “PONER RUMBO UNO-CERO-CINCO. NOS VAMOS A MALVINAS”.

A partir de ese momento, Onganía podía olvidarse por completo de jugar el tan ansiado partido de polo con el Príncipe Felipe. Como así también, que los pobladores de Malvinas pudieran tomarlo por hecho de que su monótona rutina diaria en la colonia británica ese día sería turbada. El “Operativo Cóndor” se había puesto en marcha.

Obvio está, que los que vivimos en las Islas ignorábamos totalmente lo que ocurría en los cielos patagónicos de la argentina continental a unos 600 kilómetros de distancia.

Por ello, cuando el aparato LV-AGG apareció sobre el villorrio de Puerto Stanley (Argentino) a las 08:45 aproximadamente, nadie sospechaba que minutos después, la nave de considerable porte – longitud 29m, envergadura 36m y pesando 35 mil kilos – aterrizaría sobre la tierra de la estrecha y limitada franca del hipódromo en el sector oeste del pueblo. En la misma cancha de carreras cuadreras, que el aviador santacruceño Miguel Fitzgerald había aterrizado sorpresivamente con su avioneta Cessna 182, Luis Vernet, dos años antes (longitud 8,84m, envergadura 11m).

En Malvinas el día había amanecido ventoso y frío, con una lluvia persistente. Las condiciones climáticas y la hora temprana para el ritmo pueblerino del archipiélago, significó que hubo muy pocos testigos oculares del sobrevuelo de la aeronave. Los que sí observaron al DC-4 no podían creer lo que veían: Un avión cuatrimotor a baja altura con tren de aterrizaje desplegado con rumbo a la pista de carreras. ¡¡IMPOSIBLE!!

Solamente la pericia de los pilotos impidió una catástrofe mayor en el aterrizaje, en una pista de menos de mil metros, sumando 150 metros despejados y de tierra firme, que sirvió de zona de toque.

Dado las dimensiones y el suelo turboso de los últimos 200 metros del sitio, la maquina finalmente paró. Quedando su rueda lateral derecha hundida, en una huella de 40 centímetros de profundidad en la tierra blanda. Esto motivó que la nave saliera de línea y pasara por encima del alumbrado perimetral de la cancha.

Como se dijo; se evitó una tragedia. Los pasajeros, entre los cuales se encontraba el gobernador del Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, contralmirante José María Guzmán, bajo cuya jurisdicción -según nuestras leyes-, estaban las Malvinas, se llevaron un susto madre.

Aunque temprano con condiciones climáticas un tanto adversas para andar por las calles, vecinos curiosos comenzaron a aproximarse a la maquina con intenciones de socorrer heridos, en el caso de que los hubiera. Felizmente no era necesario.

En el pueblo, un radioaficionado, Tony Hardy, divulgaba a quienquiera escuchaba su transmisión, de que un avión DC-4 de Aerolíneas Argentinas había descendido a las 08:42 en la embarrada pista de carreras cuadreras de 800 metros de largo.

Para los que vivíamos en las zonas del campo, esto fue una primicia, debido a que la red local de comunicaciones oficiales con todas las estancias no había emitida palabra alguna al respecto.

Para ese entonces, los cóndores habían descendido del avión y estaban distribuyendo entre los parroquianos agolpados en el lugar, una proclama redactada en los idiomas del español e inglés.

Varios de ellos eran funcionarios de la administración de ocupación, como así también, miembros del destacamento de Marines Británicas y de la Fuerza de Defensa Voluntaria (una milicia civil) que, con sus armas largas; habían formado un cordón de retención alrededor de la nave y sus ocupantes.

Apenas bajaron de la nave, Dardo Cabo y la única mujer del grupo, María Cristina Verrier, se apartaron del resto y marcharon hacia la Gobernación que estaba a unos mil metros de distancia, al otro lado de una pequeña plantación de árboles. Su intención era la de entregar en mano al gobernador en ocupación, un ejemplar de la proclama que explicaba que no estaban en las Islas como agresores, sino que el propósito de su llegada era de solicitar la radicación libre en el territorio malvinero, de ciudadanos argentinos, en igualdad de derechos y obligaciones cívicas como los nativos de las Islas.

Igual que había sucedido en la ocasión anterior de un aterrizaje en el “hipódromo” de un avión con matrícula LV, Sir Cosmo Dugal Patrick Thomas Haskard era el gobernador de la isla, pero ese 28 de septiembre de 1966 no se encontraba en el archipiélago. Lo suplantaba el funcionario quien debería haber recibido a Dardo y María; el Secretario Colonial interino, Les Gleadell, isleño nacido en un paraje llamado la Cala del Médico, Bahía de los Zorros Oeste, el 14 de enero de 1921. En 1959, Gleadell había sido nombrado Tesorero Colonial, el primer isleño en ocupar este puesto, y en el 66 era el funcionario colonial de mayor jerarquía presente en la Colonia.

Su reacción ante la situación inesperada que se le presentó ese día fue de montarse en cólera y negar tajantemente, recibir a la comitiva de comandos, o cualquier otra representación que estos quisieran intermediar ante su autoridad. Ordenó que los miembros de la milicia local concentrasen en la Plaza de Armas a retirar sus armas y municiones y proceder inmediatamente al lugar del hecho y montar un cordón de retención alrededor de la nave LV-AGG para impedir que los comandos tómense contacto con el más de un centenar de pobladores allí reunidos.

En ese momento yo tenía 18 años y estaba ocupando el puesto ovejero de Monte Mármol de la isla-estancia Borbón, aproximadamente 180 kilómetros hacia el oeste de Puerto Argentino. Tenía a mi cargo 1800 ovejas que hacía apenas unas dos semanas habían comenzado la parición.

Estaba en la costa norte del campo vigilando la majada cuando comencé a sentir los bocinazos de un Land Rover. Percaté que era el vehículo del capataz de la estancia que aproximaba a una velocidad mínima para no provocar una estampida del piño apacentando tranquilo con sus recién nacidos sobre la falda inferior del monte.

Cuando me aproximé a él, vi que estaba bastante contrariado, nervioso. Pensé para mis adentros que me iba a recriminar por algo, pero, no me acordaba de ningún motivo que meritaba que me buscara la bronca. Además, no había bajado al casco de la estancia desde hace casi un mes. Pero, nada de eso iba a ocurrir.

Nos intercambiamos saludos y me preguntó si había escuchado el ruido de motores de un avión pesado sobrevolando la Gran Malvina cerca a las 7 y media/ 8 de la mañana. Le dije que no, aunque a esa hora ya estaba con la majada que estaba más sobre la costa y había mucha oleada que hacía bastante ruido,…. más el viento.

Al escuchar mi respuesta no anduvo con más vueltas y dijo: Una aeronave de línea aérea argie aterrizó en la cancha de carreras del pueblo y bajaron gente armada tomando de rehenes al Jefe de Policía, al Oficial Comandante de los Marines, al chileno Joey Booth, al jefe de Correos, Wallace Hirtle, al Jefe de Aduanas, William Grieson, y a dos o tres más que no recuerdo sus nombres. Te vengo a buscar para llevarte al casco porque tenemos órdenes de montar guardia de radio las veinticuatro horas por las dudas que vengan otras visitas no deseados por detrás de las que llegaron esta mañana.”

Entretanto, en la cancha de carreras de Puerto Argentino, la dotación de marines británicos y la milicia local habían fortalecido sus posiciones que rodeaban el avión siniestrado, fuertemente armados y instalando potentes reflectores para uso durante las horas nocturnas, si fuera necesario. Los comandos estaban obligados a permanecer en las cercanías de la nave.

Los cóndores aprovecharon para transmitir un mensaje radial desde DC-4, declarando que se transmitía “desde territorio argentino”, renombrando a Port Stanley como “Puerto Rivero”, e invitaron a los pobladores “adoptar la ciudadanía argentina.” Además, se manifestaron ser; cristianos, argentinos y jóvenes pertenecientes a militancias políticas distintas”, pero que, asumían “sin titubeos la responsabilidad de mantener bien alto el pabellón soberano, en nombre de todos cuantos habitan nuestro suelo y, en especial, de la juventud argentina. O concretamos nuestro futuro o moriremos con el pasado”, comunicaron.

A esta altura de las circunstancias (pasado el mediodía), la situación se encontraba en un punto muerto: los cóndores sitiados en la nave y la guardia de Marines y Milicia sin poder decidirse a actuar por la fuerza por temor a producir víctimas inocentes.

Así siguieron las cosas hasta que comenzó a caer la noche, cuando el sacerdote católico en las islas, Rodolfo Roel, holandés que hablaba un castellano fluido y correcto, interpuso una mediación que ofreció un principio de solución. Los pasajeros y parte de la tripulación dejarían el LV-AGG y se alojarían en casas de los pobladores.

A pedido de Dardo Cabo, esa noche el Padre Roel ofició una misa en español a bordo de la nave, tras lo cual todos cantaron el himno nacional argentino. De esa manera se descomprimió la tensa situación con respecto a la nave y sus ocupantes y todos los rehenes fueron liberados.

La guardia militar pasiva se mantuvo en vigilancia, iluminando el avión con sus reflectores.

Dentro de la nave, la situación comenzó a complicarse seriamente. La temperatura nocturna desplomó, registrándose sensaciones térmicas de varios grados bajo cero. Las viandas de aprovisionamiento se habían consumidos y era imposible aprovisionarse en algún negocio del pueblo. Tampoco tenían agua, ni baño, ni corriente eléctrica o calefacción a bordo y las baterías de la nave se habían descargado.

Simultáneamente, en el campo de Monte Mármol, yo me fui para la casita del puesto para guardar el apero y soltar la yegua en el potrero, cerrar el tiraje en la chimenea de la estufa y meter algo de ropa en las alforjas. Subí al Land Rover y el capataz puso el motor en marcha. Una hora y media después, estábamos en el casco principal de la estancia.

El equipo de comunicaciones estaba en un cobertizo anexo a la casa del administrador. Su potencia era muy reducida y a mi entender, tanto la guardia como andar con armamento y municiones, era una pantomima sin sentido. Sin embargo, como si estuviéramos enrolados en el ejército, “las órdenes son órdenes”. Pues crucé los 300 metros que separaban la barraca de los solteros a las casas de familias y la del administrador, para dejar mis alforjas y retirar el armamento de mi pieza.

Pasamos la noche en la pequeña pieza de radiocomunicaciones escuchando los ruidos atmosféricos y una que otra débil señal captadas en la única frecuencia que el obsoleto aparato disponía. Después del amanecer fuimos relevados por otros empleados que bromeaban de la situación y la casi nula posibilidad de que lo que hacíamos daría algún resultado en cuanto a resolver el estado de las cosas en Puerto Argentino; rebautizado por el grupo como Puerto Rivero.

Así mantuvimos la guardia activa hasta que llegó la noticia de la entrega del grupo arreglado por el Padre Roel. Comunicación que fue transmitida por la red de radio aficionados dispersados por todo el archipiélago. Por esa red se informó también, sobre las condiciones por las cuales los cóndores entregaron sus armas al comandante Fernández García y aceptaron la detención bajo una fuerte custodia durante 48 horas en la parroquia católica.

Los restantes 23 pasajeros –entre ellos Héctor Ricardo García, director del diario Crónica–, se alojaron en casas de familia del pueblo. Pasadas el mediodía del viernes 30, Gleadell los convocó al Ayuntamiento Municipal para darles el parte respecto a su retorno al continente en el buque de transporte “Bahía Buen Suceso”; nave que pocos años después sería una frecuente visita al puerto de amarre isleño.

El 1 de octubre, tanto los pasajeros varados como los 18 protagonistas del “operativo cóndor”, más todo el equipamiento sacado de la aeronave, estaban embarcados en el Bahía Buen Suceso que zarpó en horas de la tarde, con destino Ushuaia.

El Lima-Víctor Alfa-Golf-Golf no pudo despegar por un fuerte viento cruzado en la pista. Las condiciones meteorológicas – viento, neblina, visibilidad etc.- impidió el despegue hasta el 4 de octubre, cuando; con un sol radiante y visibilidad óptima, levantó vuelo nuevamente con rumbo a Río Gallegos (su destino inmediato una semana antes) donde aterrizó a salvo antes del anochecer.

* Alejandro Betts; es cuarta generación de isleños nacidos en las Islas Malvinas, es fueguino y tiene documento argentino. Es veterano de la guerra de 1982 y peticionante ante el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas en defensa de los derechos soberanos de la Argentina sobre las Islas Malvinas. Es miembro de la Fundación Malvinas y asesor técnico del Observatorio Malvinas de Tierra del Fuego. Nació en Malvinas el 28 de octubre de 1947 y vive en Agua de Oro, Provincia de Córdoba.