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Malvinas y el Atlántico Sur: Posguerra y geopolítica

Referirse a la cuestión Malvinas, en general, presenta dos dificultades. La primera radica en hacer el esfuerzo por desanclar la problemática del conflicto bélico de 1982. No para quitarle a aquel su importancia, sino porque en tal asociación se desdibuja la verdadera dimensión del problema.

* Luis Wainer
Si desanclar el conflicto de la guerra es recuperar los intereses detrás de un despojo que lleva 187 años; analizar la cuestión Malvinas en su verdadera dimensión territorial es, a su vez, no ver allí una disputa de 11 mil kilómetros cuadrados -correspondientes a las dos islas mayores y al conjunto de islotes que de ellas se desprende-, sino un conflicto de más de 3 millones de kilómetros cuadrados, en un océano que rebasa de recursos junto el sector antártico en reclamación.
Desde esa concepción, en el año 2010, durante la presidencia de Cristina Fernández, se promulgó la Ley 26.651, que establece oficialmente el mapa bicontinental de la República Argentina. Este muestra, además del sector antártico en su real proporción con relación al sector continental e insular, la verdadera extensión de una disputa en el Atlántico Sur, que lleva a las islas Malvinas en el centro de la misma.
¿Por qué es importante aquello? Porque si bien en el sector del océano Atlántico Sur correspondiente a Suramérica, Argentina y Brasil detentan casi la totalidad del litoral marítimo; potencias extrarregionales con fuerte presencia como Estados Unidos y el Reino Unido, mantienen la posesión de la cadena de islas que se encuentran entre América y África, ejerciendo un destacado poder naval de la zona.
Luego de la guerra, en 1985 Gran Bretaña inició la construcción de la Fortaleza Malvinas, incluyendo la Base Aérea en Monte Agradable, en la parte llana de la Isla Soledad. La misma cuenta con una pista de 2590 metros y otra de 1525, que posibilita el desplazamiento de aviones de gran porte y helicópteros. A esto se suma el puerto de aguas profundas Mare Harbour utilizado por la Marina Real para el amarre de buques y submarinos, donde Londres ha enviado submarinos de última generación y de propulsión nuclear, además de los silos y rampas para lanzamiento de armas nucleares.
Actualmente, este enclave militar tiene entre 1.500 y 2.000 efectivos (entre temporales y permanentes). Muchos de los temporales, conforman contingentes rotativos que arriban para ser sometidos a entrenamiento y posteriormente son enviados a escenarios bélicos como, por ejemplo, Irak o Afganistán.
Esta base cuenta con aviones de quinta generación, característica, que no cuenta ninguna fuerza aérea en Latinoamérica.
Una de las dimensiones que da cuenta de la importancia geoestratégica de las Malvinas es la conexión que establece con la Antártida, territorio codiciado por las potencias hegemónicas por ser reservorio de minerales y biodiversidad; o por almacenar en forma de hielo más de las tres cuartas partes de agua dulce existente en el planeta y también de suma importancia para la actividad espacial. El Estrecho de Magallanes, los Pasajes de Beagle y Drake posibilitan la comunicación interoceánica Atlántico-Pacífico y son fundamentales para el monitoreo e intervención en el comercio mundial. Se estima que alrededor de 200.000 buques de carga transitan anualmente el Atlántico Sur: el 80 por ciento del petróleo que demanda Europa Occidental y el 40% de las importaciones de EE.UU. representan parte importante de este flujo comercial.
Es imprescindible observar el hecho de que otros asentamientos coloniales británicos pendientes de descolonizar sirven para establecer un sistema interconectado de bases militares (e infraestructura británica) que incluyen a Tristán de Acuña, Santa Elena y Ascensión (además de Georgias y Sandwich del Sur); las cuales pueden transformarse rápidamente en bases útiles para el transporte y apoyo logístico, en tanto una “columna vertebral” que permite el abastecimiento y traslado de fuerzas de combate rápidamente.
No podemos entender la estrategia del Reino Unido en el Atlántico Sur, si no es asociada a la de EE.UU, por ende al esquema de despliegue militar de la OTAN. Por ejemplo, en 2004, Londres traslada la Comandancia Naval del Atlántico Sur a Mare Harbour y Monte Agradable. En 2008, EE.UU. anuncia la reactivación de la IV Flota, para patrullar el Caribe, América Central y América del Sur con fines “humanitarios”. Diez años después, en agosto de 2018, el secretario de Defensa británico, Gavin Williamson, resaltó la fortaleza de la relación entre el Reino Unido y los EE.UU. de la siguiente manera: “(…) Estamos listos para responder a cualquier situación en cualquier momento. Hemos desplegado fuerzas en todo el mundo, podemos recurrir a nuestros territorios de ultramar en Gibraltar, las Áreas de la Base Soberana en Chipre, la Isla Ascensión, las Islas Falklands y el Territorio Británico del Océano Índico. Estos a menudo proporcionan instalaciones clave no solo para nosotros, sino también para EE.UU.”
Los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández, que habían regionalizado el conflicto por interpretar el carácter geopolítico real, centraron el reclamo por Malvinas en las denuncias por militarización del Atlántico Sur y depredación de recursos naturales, materializadas en la decisión de limitar la explotación de los recursos por parte de Gran Bretaña y otros países y de empresas multinacionales adjudicatarias de licencias comerciales.
Si una herencia nos dejó el macrismo con relación a Malvinas -además de quitar el conflicto de las instancias regionales-, fue el acuerdo firmado el 13 de septiembre 2016, conocido como “Acuerdo Foradori-Duncan”. El mismo buscó levantar las restricciones económicas impuestas por leyes argentinas, sancionadas por el Congreso Nacional sobre protección de recursos ictícolas y de explotación de recursos hidrocarburíferos; entre otras medidas para fortalecer las condiciones de este enclave neocolonial-militar.
Cada 2 de abril. homenajear a nuestros soldados que defendieron la soberanía del Atlántico Sur nos exige recordar que Malvinas debe volver a ser concebida en el contexto de una política oceánica y antártica. Hablar de las Islas Malvinas no es sino hablar de recursos en disputa como el petróleo, la pesca, los cuantiosos recursos en la plataforma continental o los minerales estratégicos de fondos marinos oceánicos; cuya condición sine qua non, es pensar la política de defensa nacional en tanto país marítimo y antártico.
Luis Wainer, es sociólogo e investigador.
Fuente: Pagina12