La alianza estratégica entre el Reino Unido y la República de Chile en los mares del sur acaba de dar un salto cualitativo hacia el plano de la industria bélica pesada. En momentos de máxima tensión con la República Argentina por la inminente salida del mercante Danstar hacia las Islas Malvinas y tras la visita a Punta Arenas del embajador británico David Concar para aceitar la cooperación antártica y naval, se conoció una ambiciosa propuesta de Londres: la compañía británica Babcock International Group ofreció a Chile transferir tecnología y construir en el país las fragatas de combate Arrowhead 140, el mismo diseño que da origen a las flamantes Type 31 de la Royal Navy.

La iniciativa fue presentada formalmente por Nick Hine, director ejecutivo de Babcock Marine y exvicealmirante de la Marina Real británica, quien visitó el país a comienzos de octubre para mantener reuniones con el alto mando de la Armada de Chile y directivos de los Astilleros y Maestranzas de la Armada (Asmar) en Talcahuano.
De acuerdo con lo publicado por portales especializados como Infodefensa, las negociaciones no constituyen un simple contacto de proveedores privados: se estructuran en tres niveles articulados: entre los gobiernos de Chile y Reino Unido, entre ambas armadas y entre el consorcio británico y la industria naval trasandina.
La plataforma Type 31 y la doctrina "ARMOR Force"
La propuesta británica encaja de lleno en la Política Nacional de Construcción Naval 2025-2040 promovida por Santiago y busca dar respuesta a una necesidad operativa perentoria: la Escuadra Nacional de Chile opera ocho fragatas con un promedio de 30 a 35 años de servicio que deberán ser reemplazadas progresivamente a partir de la próxima década, a un costo estimado en torno a los 400 millones de dólares por unidad.

El buque ofrecido por Babcock no es una unidad de patrulla costera ni un transporte secundario; es un combatiente de superficie de primera línea:
- Dimensiones y desplazamiento: Con 138,7 metros de eslora y cerca de 5.700 toneladas de desplazamiento, supera los 28 nudos de velocidad y opera con una dotación base de 100 tripulantes (con margen para 160).
- Arquitectura modular: Permite integrar sistemas avanzados de gestión de combate, silos de misiles antiaéreos, capacidad de guerra antisubmarina y hangares para helicópteros pesados.
- Fuerza híbrida no tripulada: La oferta británica incorpora el concepto ARMOR Force, que transforma a la fragata en un centro de comando y control para desplegar enjambres de embarcaciones de superficie no tripuladas (drones navales) para vigilancia y ataque.
Babcock ya aplica esquemas de transferencia similares en Polonia (tres fragatas del programa Miecznik) y en Indonesia, pero la apuesta sobre Chile reviste un peso geopolítico singular. En declaraciones a El Mercurio de Valparaíso, el exvicealmirante Hine fue tajante sobre el objetivo de Londres: “Esto se trata de construir barcos en Chile, con chilenos y para Chile (...). Transferir nuestras habilidades a Chile permitiría que se convierta en una potencia en construcción de fragatas”.
El telón de fondo: Malvinas, bases en el sur y la retaguardia de la Royal Navy
La oferta armamentística de Babcock no puede escindirse del escenario de colisión diplomática y militar que atraviesa el extremo austral:
1. La coincidencia temporal calculada: La visita de Nick Hine y la presentación de las fragatas Type 31 ocurrieron en paralelo a los anuncios del ministro de Defensa chileno, Fernando Barros Tocornal, de construir nuevas bases militares en Magallanes, duplicar el gasto operativo de las Fuerzas Armadas (US$ 2.885 millones asignados para 2027) y calificar abiertamente a Gran Bretaña como un "país amigo" que ejerce soberanía de hecho en Malvinas.
2. La coordinación con la diplomacia británica: Apenas días después de las gestiones de Babcock, el embajador David Concar desembarcó en Punta Arenas para reunirse con el alcalde Claudio Radonich y destacar públicamente "el buen diálogo sobre la cooperación entre la Armada británica y la Armada de Chile", al tiempo que bendecía el corredor comercial de la naviera Easter Island para abaratar los costos del enclave colonial y asistir al proyecto petrolero Sea Lion.
3. El mensaje de disuasión regional: En su paso por Chile, el propio directivo británico deslizó una advertencia con tono de sugerencia estratégica: si Chile construye fragatas capaces y fiables, "tus vecinos lo notarán". El blanco de esa disuasión no es otro que la República Argentina.
La complicidad que sepulta la neutralidad
Aunque la Armada de Chile aún no definió una licitación formal —y compite con alternativas de astilleros surcoreanos como Hanwha Ocean y HD Hyundai—, la mera apertura de negociaciones trilaterales con Londres para fabricar fragatas de diseño británico en el Pacífico sur desmonta cualquier pretensión de neutralidad por parte de La Moneda.
Mientras en la Cámara de Diputados de la Nación en Buenos Aires legisladores peronistas piden citar al embajador chileno Gonzalo Uriarte Herrera y el diputado Guillermo Michel impulsa denunciar los acuerdos bilaterales de protección de inversiones y doble imposición fiscal con el respaldo del CECIM La Plata, Santiago avanza en una integración castrense e industrial directa con la potencia que ocupa militarmente nuestras Islas Malvinas.
El cuadro en el tablero austral es nítido: Gran Bretaña utiliza a Chile como su retaguardia logística en Magallanes para alimentar la base de Mount Pleasant y el saqueo del petróleo, mientras tienta a la Armada trasandina con planos, tecnología e ingeniería naval para consolidar un cerco militar permanente sobre el Atlántico Sur y la proyección hacia la Antártida. Frente a esta alianza estratégica en marcha, la Argentina no puede responder con ingenuidad: la defensa de nuestros espacios soberanos exige firmeza jurídica, control naval efectivo en la boca del Estrecho de Magallanes y el fin de los privilegios económicos para quienes eligen asociarse con el ocupante colonial.