Gran Bretaña apodó a su antojo, 28 sitios en el continente antártico para celebrar los 200 del descubrimiento, del cual ni siquiera fueron protagonistas. Ya en 2012 a modo de regalo le otorgaron a la reina Isabel su propio topónimo, Queen Elizabeth Land, a un sector del territorio Antártico que nuestra Nación ya había bautizó como Tierra de San Martín.
Glaciares Bamber, Bremner, Bone, Heywood, Hindley, Watkins, King, Ladkin, Morris, Shanklin, Thomas y Heywood; colinas Corr, Hindmarsh y King Dome; montes Cox y Fiennes; roqueríos Dudeney, Rodger y Pinnock Nunataks, cabo Fothergill, bahías Giles, Pudsey y Laxon, pico Francis, pedemonte Fricker Ice, promontorio Mulvaney e islote Turner, publicaron. Porque para colonialista tardío no solo hay que serlo sino también parecerlo, el “Gobierno del Territorio Antártico Británico” (British Antarctic Territory, BAT sus siglas en inglés) bautizó a su antojo 28 sitios en la Antártida. Y aunque por el Tratado Antártico el continente no reconoce “propiedad” definitiva- más allá que nuestro País ejerce soberanía por más de 100 años-; nueve naciones: Argentina, Australia, Chile, Francia, Noruega, Nueva Zelanda, Reino Unido, Rusia y Estados Unidos (estos dos últimos sin delimitación definida) a los que se suman Bélgica, Sudáfrica y Japón; la reclaman. Todos ingleses, los topónimos fueron aconsejados por un tal Comité de Topónimos Antárticos (Antarctic Place-Names Comittee, APC) y en sus fundamentos mencionan como motivo “honran a quienes han hecho una contribución excepcional a la promoción del conocimiento, la protección y la gestión de la Antártida durante los últimos cincuenta años, y cuyos logros merecen ser destacados junto con los de los primeros exploradores”. Por estos días, el gobierno de Gran Bretaña implementó una campaña en Twitter e Instagram @AntarcticNames para promover los nombres de los sitios recién bautizados. No es la primera, ni será la última vez que los británicos arremeten con su prepotencia toponímica. En diciembre de 2012, al cumplirse 60 años de reinado de Elizabeth II, denominaron Queen Elizabeth Land (Tierra de la Reina Isabel) a un extenso territorio de 437.000 km2, que se extiende hasta el propio polo Sur, que nuestra Nación con anterioridad ya había bautizó como Tierra de San Martín. No sólo Argentina criticó aquella actitud calificándola de “sistemático ataque y provocación”, sino que Rusia le recordó a RU el cuarto artículo del Tratado Antártico de 1961: “Ningún acto o actividad que se lleve a cabo mientras el presente Tratado se halle en vigencia constituirá fundamento para hacer valer, apoyar o negar una reclamación de soberanía territorial en la Antártida, ni para crear derechos de soberanía en esta región”.No tan descubridores
La arbitraria iniciativa encuentra su origen en los 200 años del descubrimiento del continente antártico en 1820, tras la precursora presencia del capitán James Cook en las Islas Shetland del Sur en 1819. Vale aclarar que la expedición de Rusia al mando de Fabian von Bellingshausen el 27 de enero de 1820 llegó a hielo sólido de la plataforma fijada a tierra antártica en la zona conocida como Tierra de la Reina Maud. Tres días después, el capitán de la Marina británica Edward Bransfield divisó el extremo de la península Antártica. Y fue el cazador de focas y explorador estadounidense John Davis el primero en pisar suelo antártico, en 1821. Incluso España reclama el título del descubrimiento ante el naufragio de su navío “San Telmo”, posiblemente en bahía Venus, al noreste de la isla 25 de Mayo, en la primavera de 1819. Una versión menciona que el británico William Smith halló restos del naufragio español, y los ocultó para evitar que España reclame el descubrimiento. No confirmada, pero demasiado probable. Aún así Gran Bretaña se vanagloria de que fue británico el primer hombre que “divisó” la Antártida, Smith, en febrero de 1819. Pero ni siquiera eso sería fehaciente. El comodoro argentino Guillermo Brown cruzó el pasaje de Drake (nombre que los ingleses le pusieron al original “Hoces”) y llegó hasta el paralelo 65º S en su campaña de 1815 contra la flota española del Pacífico. Dos años después un cazador de lobos marinos, Juan Pedro Aguirre, desarrolló su actividad con permiso argentino en un sector antártico cuya ubicación mantenía en secreto para, justamente, evitar la intrusión de ingleses o norteamericanos. Fuentes: Perfil, Infobae, NatGeo, APC, BATTags
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