Durante décadas, la política exterior argentina respecto a la Cuestión Malvinas ha oscilado entre la retórica de la soberanía inalienable y una expectativa latente de que Estados Unidos, en virtud de la Doctrina Monroe y su retórica panamericanista, terminaría por inclinar la balanza a nuestro favor. El actual gobierno nacional, confiando en que un alineamiento geopolítico total con Washington forzaría una rectificación histórica en favor de nuestro país, hace de esta expectativa una pieza central de su narrativa.
La convicción de que la Doctrina Monroe, al proclamar el principio de “América para los americanos” funcionaría como herramienta de defensa continental frente a potencias extra regionales; ha cimentado la idea de que Estados Unidos se vería en el cumplimiento de optar por un socio hemisférico (Argentina) en detrimento de su aliado histórico (Reino Unido). La relación que Estados Unidos mantiene con el Reino Unido no es una anomalía, sino el pilar sobre el cual garantiza la seguridad atlántica. En este esquema, el Reino Unido no es un intruso, sino un eslabón esencial del orden occidental en el Atlántico Sur.
Plegarse a esta idea representa un peligro para el interés nacional. Dado que afecta tanto la integridad territorial de nuestro país, como así también de nuestra Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, ya que creer que Estados Unidos sacrificará su relación especial con el Reino Unido por los intereses soberanos de la Argentina, al igual que en el pasado, nos sume en una pasividad de obviar reconocer que en términos geopolíticos la solidaridad es una categoría inexistente, solo existen intereses.
Esta doctrina, nunca ha sido un pacto de solidaridad continental, sino una herramienta de proyección del poder imperial norteamericano sobre el continente americano en su totalidad junto con su arrogado derecho de ejercer una esfera de influencia excluyente.
El mayor peligro que enfrenta la Causa Malvinas no es solo la permanencia de la ocupación británica, sino la posibilidad latente de una sustitución de la administración colonial. Un reconocimiento diplomático que conlleve la pérdida del control territorial no es soberanía, es abdicación. Habremos cambiado de tutor colonial y seguiremos lejos de ejercer nuestros derechos soberanos reales. Existe el riesgo de que una diplomacia sin norte termine aceptando esquemas de cooperación donde la soberanía argentina se reduzca a una formalidad, habremos pasado de la administración colonial británica a la tutela estratégica de Estados Unidos.
Mientras sigamos esperando que la Doctrina Monroe opere como un paraguas de protección, seguiremos siendo testigos mudos de cómo nuestra propia geografía es utilizada como moneda de cambio entra grandes potencias.
* Bruno Bonomi es Licenciado en Relaciones Internacionales. Con una amplia trayectoria en la función pública, se desempeñó como Coordinador de Relaciones Internacionales (2012-2015), asesor parlamentario en el MPF (2016-2020) y Subsecretario de Cooperación Transfronteriza (2020-2023), especializándose en el análisis de la inserción internacional de gobiernos subnacionales y políticas de integración regional en el Atlántico