La reciente visita del presidente chileno José Antonio Kast a la Argentina, ha dejado al descubierto una verdad incómoda: en Chile, el apoyo a la soberanía argentina sobre Malvinas es un discurso que la propia estructura política y diplomática chilena —influenciada por décadas de lobby británico— no está dispuesta a sostener más allá de las fotos oficiales.
Lo que comenzó como un gesto de "hermandad" entre Kast y Javier Milei este lunes 6 de abril, se transformó en pocas horas en una rebelión interna en Santiago que evidencia quién mueve realmente los hilos de la geopolítica en el Cono Sur.
El Senado y el Congreso chileno: El frente de rechazo
La centralidad de esta disputa no está en la Casa Rosada, sino en los pasillos del Congreso chileno y en la Región de Magallanes. Las voces han sido unánimes y coordinadas:
- El Senador Alejandro Kusanovic (Magallanes): Fue el primero en disparar contra su propio presidente, alertando que el reconocimiento de los "espacios marítimos circundantes" de Malvinas es un "peligro inminente" para la soberanía chilena al sur del Cabo de Hornos. Kusanovic no habla solo por su región; habla por una doctrina que ve en la Argentina a un adversario territorial antes que a un aliado.
- La Diputada Zandra Parisi (PDG): Calificó las palabras de Kast como un "gravísimo error" que trasciende la opinión personal y se convierte en una declaración de Estado ante el derecho internacional. Parisi ha exigido que el canciller Pérez Mackenna rinda cuentas, instalando la idea de que apoyar a la Argentina es, de alguna manera, "traicionar" a Chile.
- Sectores Nacionalistas y de Oposición: Desde el socialismo hasta la derecha más dura, el consenso parece ser el mismo: "Ser patriota es defender los intereses de Chile", disparó el diputado Nelson Venegas, sugiriendo que Kast puso los intereses de su "amigo" Milei por sobre la seguridad nacional chilena.
La mano invisible del Reino Unido
La pregunta: ¿Por qué esta reacción tan virulenta ante una frase que Chile repite desde los años 90? La respuesta se encuentra en la profunda incidencia británica en la política y la economía chilena. El Reino Unido no necesita estar en la mesa de negociaciones para condicionarlas:
1. Dependencia Militar: La estructura de Defensa chilena está cimentada sobre tecnología y doctrina británica. Para los mandos militares chilenos, su "seguridad" depende de mantener aceitada la relación con Londres, el mismo aliado que los protegió durante el conflicto de 1978 y los asistió en 1982.
2. Lobby Diplomático y Empresarial: Tal como denuncian medios como El Ciudadano, la Cancillería chilena está permeada por asesores y sectores empresariales con fuertes vínculos con intereses extranjeros (incluido el sionismo y el capital británico), que priorizan los negocios y la logística antártica conjunta antes que la solidaridad regional.
3. El "Divide y Reinarás": La diplomacia británica es maestra en agitar los fantasmas de los diferendos pendientes (Campos de Hielo Sur y la Plataforma Continental Extendida). Al empujar a los políticos chilenos a cuestionar los "espacios marítimos" argentinos, Londres logra que Chile se convierta en el primer obstáculo para el reclamo de soberanía de nuestro país.
El doble juego logístico y militar
Mientras los senadores chilenos gritan por la "soberanía en Cabo de Hornos", el silencio es absoluto sobre la verdadera afrenta regional: el buque británico RRS Sir David Attenborough navegando con bandera ilegal de las "Falkland Islands" en aguas compartidas, y la operación permanente de aviones militares de la RAF en la base de Pudahuel.
Esta es la trampa perfecta que ha diseñado la diplomacia británica: mantiene a Chile en una paranoia constante sobre supuestas "pretensiones argentinas" para que, en el proceso, Chile siga sirviendo como el portaaviones logístico indispensable para la ocupación británica en el Atlántico Sur.
Un respaldo sitiado
La Argentina debe leer con claridad lo que sucede del otro lado de la cordillera. El respaldo de Kast a la Argentina está sitiado por su propio Congreso, por sus senadores y por una diplomacia que, históricamente, ha sido funcional a los intereses de la Corona Británica.
No hay hermandad posible mientras la política exterior chilena siga siendo rehén de un pacto de asistencia con el usurpador que nació con Pinochet y Thatcher, y que hoy se renueva en cada vuelo militar que aterriza en Santiago y en cada buque que se abastece en Punta Arenas.
La soberanía argentina también se defiende demostrando y denunciando la complicidad estructural que Londres sigue imponiendo en nuestra región.