La historia de las Fuerzas Armadas argentinas parece estar marcada por ciclos de dolor que se repiten bajo distintas máscaras, pero con un mismo resultado: la pérdida de vidas jóvenes y el debilitamiento de la defensa nacional. Esta semana, dos noticias cierran un círculo de desolación que Agenda Malvinas viene denunciando como un plan sistemático de desarticulación soberana.
El sexto deceso: Juan Marcos Gonsales y el grito de Tartagal
Mientras el Ministerio de Defensa intenta minimizar la crisis con comunicados de compromiso, la realidad en las provincias es devastadora. El hallazgo del cuerpo sin vida del soldado voluntario Juan Marcos Gonsales, del Regimiento de Infantería de Monte 28 en Tartagal, Salta, eleva a seis el número de efectivos muertos en circunstancias extrañas o suicidios en apenas un mes.

Gonsales no es un número; es el rostro de una juventud militar del norte argentino que hoy sobrevive en la indigencia. En Tartagal, como en tantas guarniciones del país, el uniforme ya no protege contra la pobreza. Con salarios que no cubren ni la mitad de la canasta básica, la presión económica se transforma en un laberinto sin salida que empuja a nuestros soldados al abismo.
El adiós a Sebastiana Barrera: El fin de una era de impunidad
Casi en simultáneo, se conoció el fallecimiento en Neuquén de Sebastiana Barrera, la madre de Omar Carrasco. El asesinato de su hijo en 1994 a manos de sus superiores en Zapala marcó el fin del Servicio Militar Obligatorio. Sebastiana murió en el olvido de la opinión pública, pero su figura queda como el símbolo de la lucha contra un sistema que, en aquel entonces, devoraba a sus hijos mediante la violencia física.
Del crimen de los 90 al abandono de 2026
La conexión entre Carrasco y Gonsales es política y estratégica. Si en los años 90 la crisis fue el autoritarismo y la violencia interna, hoy el enemigo es el desprecio institucional y el vaciamiento.
Ayer se mataba por acción (caso Carrasco), hoy se deja morir por omisión, miseria y desatención (el éxodo de 15.000 efectivos y la ola de suicidios bajo el gobierno de Milei).
En ambos casos, el resultado es el desmembramiento de las Fuerzas Armadas. Un ejército que entierra a sus soldados por hambre o desesperación es un ejército incapacitado para la custodia del Atlántico Sur y la soberanía territorial.
La muerte de Gonsales en Salta no puede leerse fuera del contexto de entrega. Un soldado de monte, esencial para la vigilancia de nuestras fronteras, hoy es una víctima más de un ajuste que prioriza el superávit fiscal sobre la vida humana y la seguridad nacional.
Mientras el discurso oficial se llena de retórica sobre el "orden", los cuarteles se vacían por deserción o se llenan de luto por el abandono. El fallecimiento de la madre de Carrasco nos recuerda que la justicia suele llegar tarde o no llegar; la muerte de Juan Marcos Gonsales nos advierte que, si no frenamos este proceso de destrucción del factor humano, no quedará nadie para defender la bandera.
