Las recientes declaraciones del presidente Donald Trump de revisar el posicionamiento histórico de neutralidad benevolente de los Estados Unidos al Reino Unido sobre la Cuestión Malvinas, han generado ruido diplomático en Londres y expectativas en Buenos Aires.
Sin embargo, ello exige despojarnos de todo entusiasmo nacionalista, ya que no existe un giro altruista de Washington hacia el reclamo argentino o un reconocimiento repentino de los derechos soberanos de la República Argentina sobre las Islas Malvinas, sino más bien, se debe a la búsqueda de reconfigurar la balanza de poder en el Atlántico Sur.
Desde la perspectiva del realismo clásico de las Relaciones Internacionales, el interés nacional de un Estado se define en términos de poder. Entendido éste como la capacidad de lograr que otros Estados actúen de determinada manera a través de la persuasión o la coerción, lo que lleva a los Estados a buscar influir y controlar la política y decisiones de otros Estados sobre un escenario anárquico global.
Desde la óptica de esta corriente, la conducta de Estados Unidos obedece al interés de romper el status quo y cambiar las relaciones de poder entre Estados, ello con el objeto de preservar, consolidar y expandir su poder imperial en el Atlántico Sur frente a otros competidores globales.
La expansión de los intereses de seguridad norteamericanos en la región responde al objetivo de extender su dominio sobre el Sur de América Latina, ya sea a través del uso de la fuerza, como ocurrió en Venezuela, ya sea a través de la creación de alianzas de seguridad, como lo es la reciente creación del Escudo de las Américas, o a través de influjos políticos y económicos, como lo hace con la República Argentina.
La retórica de Washington, sobre revisar su respaldo internacional a Londres no se trata de un gesto diplomático a favor de la causa argentina, sino de una maniobra donde el imperio utiliza su peso e influencia política para condicionar el comportamiento y la toma de decisiones de otros actores.
El brazo ejecutor de la proyección de la doctrina se seguridad norteamericana sobre el continente americano es el Comando Sur (SOUTHCOM). Esta injerencia responde a dos objetivos estratégicos dominantes: por un lado, neutralizar la expansión de la República Popular China en todo América del Sur y por el otro, desplegar una estrategia diplomática, económica, política y militar, que le permita modificar el equilibrio de poder en la región en general y en el Atlántico Sur en particular.
Dentro del esquema de seguridad continental promovido por Washington la ocupación militar británica y la infraestructura militar emplazada en la Islas (la OTAN en Malvinas), representa un activo estratégico.
Bajo la lógica de poder imperial ambas estructuras coexistirían en la región, es decir, ambos engranajes forman parte de una misma arquitectura de seguridad. La presencia de la OTAN en las Islas Malvinas garantiza el control absoluto de los pasos interoceánicos, el acceso a los recursos naturales y la vigilancia de la plataforma continental argentina, además de su interés natural por la Antártida y, el Comando Sur, actúa como herramienta institucional que le permite a Washington desplegar su interés nacional en al Atlántico Sur.
La insinuación de revisar su neutralidad benevolente, utilizando la Causa Malvinas como monedad de cambio, es una estrategia diseñada para presionar diplomáticamente a Gran Bretaña para que incremente su gasto en defensa. La Casa Blanca utiliza esa tensión para disciplinar a su aliado europeo en términos de gasto defensivo, al tiempo que le exige al gobierno argentino subordinar sus propios desarrollos logísticos continentales a la supervisión del Comando Sur.
En el actual contexto internacional, el Atlántico Sur es el corazón geopolítico del siglo XXI. La República Argentina, con la Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas de Atlántico Sur como centro de gravedad geopolítica, no puede aceptar el destino periférico de actuar como peón en las disputas entre Washington, Londres y Pekín.
La dicotomía entre centro y periferia no es únicamente una brecha de desarrollo económico, sino también una arquitectura de subordinación geopolítica. En el orden global, las potencias del centro monopolizan la capacidad de imponer la agenda de seguridad, fijar reglas de juego e imponer tutelas sobre los espacios estratégicos, pretendiendo relegar a los países de la periferia a la condición de actores pasivos, proveedores de recursos y receptores de vetos de seguridad.
Desde la lógica del realismo clásico y de la mirada centro – periferia, la soberanía transaccional ocurre cuando un Estado de la periferia otorga, subordina o condiciona el ejercicio de sus atributos soberanos a cambio de beneficios a corto plazo que no alteren la brecha estructural de poder que mantiene el centro.
Para el centro (Estados Unidos – Gran Bretaña) la Causa Malvinas y la posición geopolítica de la Provincia de Tierra del Fuego son mercancías diplomáticas. Cuando un Estado de la periferia (Argentina) accede a entregar sus activos reales a cambio de capital político del estado hegemón incurre en una trampa transaccional disfrazada de pragmatismo político limitando así la capacidad soberana del Estado nacional.
La presencia de la OTAN en las Islas Malvinas y la avanzada del Comando Sur sobre el continente no son fuerzas en conflicto, sino dos engranajes con los que el centro administra la periferia para denegar la autonomía regional y proyectar sus intereses en la región.
La soberanía sobre las Islas Malvinas y el destino del Atlántico Sur no se recuperarán mendigando la benevolencia transaccional de un centro imperial que utiliza nuestro territorio como moneda de cambio para sus propias urgencias intraliga.
* Bruno Bonomi es Licenciado en Relaciones Internacionales. Con una amplia trayectoria en la función pública, se desempeñó como Coordinador de Relaciones Internacionales (2012-2015), asesor parlamentario en el MPF (2016-2020) y Subsecretario de Cooperación Transfronteriza (2020-2023), especializándose en el análisis de la inserción internacional de gobiernos subnacionales y políticas de integración regional en el Atlántico