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El Gran hermano británico te vigila

“nuestras ciencias sociales se enfrentan a una asimetría estructural, agravadas por el “poder blando” que viene condicionando e imponiendo una agenda de investigación regional acelerado en nuestro país luego de la recuperación de la democracia en 1983”, Julián Otal Landi

3 de julio de 2026 10:18

“Global Britain” es la agenda de política exterior y comercial formulada por el gobierno del Reino Unido para redefinir su identidad, influencia y alianzas internacionales tras su salida del Brexit.

A partir del Brexit, el Reino Unido redefine su proyección global. Articula una geopolítica tributaria de sus épocas de esplendor, pero ahora volcadas a las nuevas circunstancias históricas. En ese sentido “Global Britain” es su nueva hoja de ruta que alimenta el destino manifiesto de los sajones. A través de Global Britain articula comercio, defensa, tecnología y alianzas sustentada en una red de territorios e infraestructura estratégica donde nuestras Islas Malvinas siguen siendo vitales para la política planificada británica.

La investigadora del CONICET, Sonia Winer, analiza las distintas etapas de la política expansionista británica y en dicho racconto ratifica que “Global Britain” no significa un repliegue sino una reorganización operativa atendiendo los nuevos elementos de biopoder. Dentro de la red global de nodos británicos se entiende los intereses de anclajes coloniales que Gran Bretaña no está dispuesta a negociar: el Gibraltar para controlar el acceso al Mediterráneo; Chipre (Akrotiri y Dhekelia) como proyección en Medio Oriente y Mediterráneo Oriental; Diego García como base estratégica en el Indico central; la Isla Ascensión como nodo logístico interoceánico y, finalmente, nuestros territorios en litigio. La presencia en Malvinas responde no solamente a la explotación de nuestros recursos naturales y la proyección estratégica hacia la Antártida sino como presencia y vigilancia en el Atlántico Sur (su ubicación sigue siendo clave para el comercio trasatlántico); las islas Sandwich del Sur como extensión de soberanía y recursos y la Antártida como avanzada en las investigaciones científicas, climatológicas y enclave de demanda soberana sobre el continente blanco.

“Global Britain” es la agenda de política exterior y comercial formulada por el gobierno del Reino Unido para redefinir su identidad, influencia y alianzas internacionales tras su salida del Brexit. Dentro de sus objetivos se encuentra el refuerzo del poder blando sobre nuestras regiones, cuya identidad nacional fue abandonada por el discurso progresista y ahora desguazado por el libertarismo extranjerizante. En ese sentido, no es casualidad que lidere indiscutiblemente el ecosistema de Inteligencia Artificial en Europa. La estrategia británica se ejecuta a través del Plan de Acción para las Oportunidades de la IA (Al Oppotunities Action Plan), el cual moviliza miles de millones de libras en fondos públicos y privados estructurados en frentes claves como el Plan de Hardware de IA e infraestructura soberana.

La masiva inversión del Reino Unido en supercomputación e infraestructura soberana de Inteligencia Artificial (IA) (£750 millones adicionales sumados a sistemas como Isambard-AI y Zenith) impacta la política de influencia en las ciencias sociales de América Latina. La principal responde a la dinámica del auge del “Imperialismo de Datos” y dependencia metodológica: al centralizar la mayor potencia de cómputos de Europa en universidades británicas, nuestras ciencias sociales se enfrentan a una asimetría estructural, agravadas por el “poder blando” que viene condicionando e imponiendo una agenda de investigación regional acelerado en nuestro país luego de la recuperación de la democracia en 1983. Aquel triunfo del radicalismo sacrificó la “épica nacional y popular”: a través de la retórica socialdemocrática que identificaba a todo discurso y actor social que no fuera demoliberal como autoritario y, como tal, potencial desestabilizador. En función de ello, la renovación metodológica en el campo de las ciencias social concibió como ético una falsa pluralidad que desplegaba implícitamente una mirada “desmilitarizada”, “desmalvinizadora” y por ende “antinacional” concibiendo a la Nación como una construcción “imaginada” y “autoritaria”.

El sesgo anglocéntrico que se evidencia en los algoritmos basados en el idioma inglés y en contextos occidentales del hemisferio norte y el condicionamiento de la agenda de investigación regional resultan potentes “colonizadores” de un sentido común apátrida. A través de agencias de financiamiento público como el Economic and Social Research Council (ESRC), el Reino Unido orienta fondos hacia proyectos globales que utilicen esta infraestructura. Para acceder a becas de investigación conjunta (joint grants) y “tiempo de computación” en servidores como Isambard-Ai, los científicos sociales en América Latina deben alinear sus hipótesis con los estándares éticos, marcos de gobernanza y prioridades de política exterior dictados por Londres.

Dichos financiamientos, siguen las mismas lógicas de las misiones que habían desplegado las fundaciones Ford y Rockefeller durante el siglo pasado, pero ahora requiriendo a nuevas dinámicas dependientes de las conectividades global y dependencia/legitimidad académica que se refieren desde las nuevas tecnologías. Las agencias británicas (como el FCDO o la British Academy) excluyen, lógicamente, de sus subsidios los proyectos que puedan validar o profundizar en el reclamo soberano de Argentina sobre nuestras Islas Malvinas ya que esto choca de manera directa con sus intereses geopolíticos y con las directrices de la agenda “Global Britain”.

Sin embargo, sí existen científicos sociales argentinos de renombre que han utilizado financiamiento o plataformas del Reino Unido. Dentro de ese espectro podríamos referirnos a dos cuestiones paradigmáticas: el canal de cooperación antártica, por un lado, y el canal académico historiográfico sobre la Guerra de Malvinas por el otro. Con respecto al primero, Historiadores y sociólogos de la ciencia del Instituto Antártico Argentino han participado en proyectos conjuntos amparados bajo el Memorandum de Entendimiento para la Cooperación Científica en la Antártida firmado entre Argentina y Reino Unido (2018). La dinámica de dicho financiamiento establecía un “condicionamiento silencioso” relacionado al artículo IV del Tratado Antártico. Los científicos argentinos pueden investigar e interactuar con pares británicos siempre y cuando el objeto de estudio se encuadre en la conversación, la paz y la cooperación científica global, omitiendo las superposiciones de soberanía entre el Sector Antártico Argentino y el British Antarctic Territory. Mientras que el segundo resulta el más quirúrgico y responde a la política de desmalvinización: destacados investigadores de la historia reciente como Germán Soprano y Federico Lorenz han participado en seminarios, congresos y publicaciones financiadas o editadas por instituciones británicas (como la University de Manchester o la London School of Economics). Cuando un cientista social argentino accede a estos espacios o utiliza archivos británicos financiados, el marco conceptual exigido suele ser el de la “Historiografía comparada de la guerra”. Esto significa que se puede profundizar en las experiencias de combate de los soldados de ambos lados, aunque las ponencias y papers deben adaptarse a la terminología académica anglosajona, abordando el conflicto de 1982 como un hecho histórico bélico delimitado en el tiempo y no como una disputa colonial vigente, ni siquiera se contempla las consecuencias políticas, económicas y sociales de la posguerra. Caso aparte es el de María Inés Tato quien, si bien logró sortear el bloqueo geopolítico tradicional de la agenda británica, al estructurar el estudio bajo el paraguas de “una guerra de dos lados” logra acceder a un financiamiento de carácter transnacional, obtenido por editoriales académicas globales y subsidios universitarios cruzados. Es que su argumentación academicista se despoja del debate diplomático de soberanía actual. En su lugar, el foco se redirecciona hacia la experiencia humana de los combatientes de ambos ejércitos y las culturas de guerra de la época.

Dichas estructuras que suelen definirse como instrumentos desplegados como soft power o “poder blando” han sido profundizados en los últimos años, contemplados dentro de la agenda “Global Britain”. La política británica responde a mayor preparación, innovación, industria, alianzas y capacidades en todos los dominios, pasando de la talasocracia propia de su esplendor hegemónico en el siglo XIX a una Datacracia: el poder ya no emana de quien posee las flotas y el control marítimo sino de quien posee los servidores y monopoliza la infraestructura de datos. Los algoritmos y los modelos matemáticos se convierten en los nuevos reguladores invisibles de la verdad, reforzados por una política de colonización pedagógica sostenida desde que se abandonó una identidad soberana.

 

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